Habían transcurrido sólo 6 horas desde que un responsable de seguridad había enviado al laboratorio un ejecutable para su análisis. Desconocía el origen de aquel binario, no sabía lo que hacía. Cuando menos le resultaba sospechoso, la fecha de instalación coincidía con una salida del trabajador al extranjero donde, según los logs del sistema, había estado conectándose a Internet a través de al menos dos hotspots públicos. “¡Maldito WiFi!”. Cuando recibió la llamada del laboratorio se apresuró a preguntar “¿malware o goodware?”. La respuesta al otro lado del teléfono lo dejó algo
desconcertado: “Hoy goodware, mañana no sé”.

Y es que cualquiera que acuda a que le realicen un análisis de un binario espera un dictamen claro. O bien se trata de algún tipo de malware (virus, troyano, spyware, adware, etc.) , o bien es goodware y por tanto no debemos temer de que realice ninguna trastada. Al fin y al cabo, se puede realizar un análisis en profundidad del código mediante ingeniería inversa y saber exactamente como funciona y qué es lo que hace. ¿O no?

Tradicionalmente así solía ser. El virus era autónomo, todo su universo estaba autocontenido en su propio código. Eran otros tiempos, cuando los hombres eran hombres y se programaba en ensamblador.

Pero llegó Internet y lo cambió todo. Y no hablamos de la distribución masiva ni de los gusanos por Internet, ni de la explotación de vulnerabilidades mientras navegamos para infectar equipos de forma transparente, ni de la producción masiva de troyanos, ni siquiera del polimorfismo en origen a la hora de distribuir el malware, ni de las posibilidades de actualización y descarga de nuevas variantes, ni las botnets, etc.

¿Qué ocurre cuando no existe código malicioso en el binario? ¿Qué ocurre si tras un análisis al detalle de la muestra todo parece indicar que es goodware, o al menos hay ausencia de indicios que apunten a que es malware? Pues ocurre que puede ser goodware, o no. La clave está en que la lógica del malware, la inteligencia, se está trasladando a la parte
servidor, allí donde queda fuera del alcance de nuestro análisis. ¿Cómo?.

A través de una conexión a Internet para comprobar si hay actualizaciones o para llevar a cabo cualquier otra acción. Como ser enviado a los laboratorios antivirus para su análisis. Esa muestra es analizada por los laboratorios y catalogada como goodware en su colección de binarios. Si algún día alguien envía de nuevo esa muestra, en sus registros ya se encuentra analizada y catalogada como goodware. 

La muestra ha sido analizada por los laboratorios antivirus y se ha catalogado como limpia, de hecho no contiene ningún código malicioso oculto, además se la instalan indiscriminadamente los usuarios y tienen una buena experiencia (hace lo previsible). La utilidad se conecta regularmente a un servidor en Internet para comprobar si debe autoactualizarse, descargando algún parche o nueva versión en caso necesario. Todo normal. Pero hay un código que no sabemos qué hace.

Este traslado de la inteligencia del malware a la parte servidor supone nuevos retos y la necesidad de nuevos enfoques. En un momento en que también parte de la inteligencia de los antivirus se está externalizando en servicios en Internet, vemos que sigue siendo más importante que nunca tener inteligencia local, más allá de las firmas de detección, que
pueda identificar actividades sospechosas en nuestros sistemas. Y es que, al fin y al cabo, no hay balas de plata en esto de la seguridad, debemos seguir combinando diferentes capas complementarias de protección e ir evolucionando con los tiempos. Tenemos “diversión” para rato.  

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